| Martes, 20 de mayo de 1997 | |
Por lo visto, el descomunal Arnold Schwarzenegger tiene serios problemas de corazón. Y parece que la causa son los anabolizantes que se metió entre pecho y espalda en su juventud para convertirse en la más rutilante estrella de la historia del culturismo. De momento, las explicaciones sobre la enfermedad de esa maravilla de la naturaleza, el entrenamiento, la ambición, la publicidad y quizá la química son confusas, pero me parece a mí que los culturistas están en peligro. Como lo de Arnold y los anabolizantes sea cierto, y como Arnold lo reconozca y se arrepienta y se líe a predicar fanáticamente contra ellos, los culturistas no tardarán en seguir el camino de los fumadores y convertirse en los próximos apestados. El culturismo nunca ha tenido muy buena prensa. Por una mezcla de envidia, estreñimiento estético y pudor mal entendido, a los culturistas se les ha venido acusando de ser monumentos al narcisismo desnortado, al exhibicionismo enfermizo, a la estulticia neumática, a la inconsciencia insalubre y al mal gusto. Sólo el cine fue capaz de darles hospitalidad mediante el pastiche histórico o mitológico, o a fuerza de un arremangado sentido del humor: así se consagró, por ejemplo, un sensacional Steve Reeves en minifalda, en películas de romanos, o así pudo lucir toda su irónica y corrosiva desvergüenza, bien rodeada de gloriosos pasteles de carne, la incomparable Mae West. Y ha sido el cine el que ha logrado imponer como modelos admirables ejemplares físicos tan estrepitosos y sobrecargados como Schwarzenegger, Sylvester Stallone o, dentro de un molde más estilizado, el maravilloso Jean-Claude Van Damme. Si, encima, Schwarzenegger enamora e instala en la felicidad conyugal nada menos que a María Shriver, una chica tan fina y tan inteligente, sobrina de John F. Kennedy, todos hemos acabado por aceptar que el culturismo no sólo es un deporte duro y respetable, sino que produce ejemplares francamente apetitosos, y que la clase y la inteligencia no están reñidas con perder el oremus por un culturista.
El problema, ya digo, es que un Arnold Schwarzenegger enfermo del corazón a causa de los anabolizantes, asustado por el paso del tiempo, histérico ante la idea de envejecer lleno de achaques, y atacado por un insensato complejo de culpabilidad y un clamoroso arrepentimiento, se ponga a predicar con saña contra el culturismo como la mayoría de los ex fumadores iluminados y amargados predican contra el tabaco. La idea no es tan inverosímil como parece, ni como, sin duda, les resultará a los admiradores deportivos u hormonales de Arnold. Hay una fascinante contradicción entre el físico tenazmente lujurioso de ese hombre y su mentalidad conservadora, el mismo tipo de contradicción que hay entre la sensualidad provocativa de Norma Duval y su alma de derechas, y de contrastes así salen luego las grandes santas penitentes y los más briosos azotes de pecadores. El culturismo, por culpa de un Schwarzenegger tocado del ala y enrabietado por su mala cabeza, acongojado por su enfermedad cardiaca y metido a redentor, puede volver a convertirse en un vicio vilipendiado. Luego no digáis que nadie os lo había avisado, mis muy admirados culturistas.
